viernes, 20 de agosto de 2010

Puerta

Lc 13, 23-24: "Una persona le preguntó: «Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?». El respondió: «Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán»."

La pregunta sobre si son pocos los que se salvan hoy está, y segurá estando, pero con otras formas: ¿Para qué vivir? ¿Por qué no pasar todos los límites? ¿Qué me importa? Y aunque parezcan preguntas que no tienen que ver con la salvación, sí tienen que ver, porque en el fondo buscan el sentido que las cosas tienen que tener. No puede el ser humano vivir sin sentido, porque se desorienta y se pierde y termina destruido.
Una de las formas de reformular hoy esa pregunta de ese hombre en el evangelio podría ser: ¿Son pocos los que encuentran el sentido de la vida?
La respuesta de Jesús, figurada en una puerta, nos llevaría al esfuerzo, a una búsqueda que hay que hacer: Traten de hallar el verdadero sentido de la vida, tal como lo concibió el Padre que los creó. Porque hay que tratar de hallar la respuesta. Quien no halla sentido a la vida corre grave peligro.
Esa búsqueda ya lo adelanta Jesús, no es fácil, porque implica aprender, hay que aprender a entenderse, entender al otro, la vida, las implicancias de todo, especialmente del obrar humano. Todos ansiamos en el fondo eso que llamamos felicidad, pero no es la felicidad una meta, sino un fruto, es decir, como meta es inalcanzable, porque no llegaré a ella sino después de desarrollar mi generosidad, mi respeto por mí mismo y por el otro, por la naturaleza y por la obra del Creador. Después de desarrollar mi capacidad de amar, de obrar el bien, de hacer felices a otros, iré experimentando el gozo de pasar por esta tierra haciendo el bien.
No es lo mismo sentir placer que ser feliz. 

lunes, 9 de agosto de 2010

Usar a Dios

Lc 12, 3-15b: "Uno de la multitud le dijo: «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia». Jesús le respondió: «Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?» Después les dijo. «Cuídense de toda avaricia».

"Dios, dile a mi hermano... tal cosa. Dios, haz que el otro me devuelva... tal otra." Esos pedidos o exigencias las hemos oído en muchas personas, exigencia a Dios para que haga la "justicia" que nosotros creemos que es la correcta.

Jesús se planta en una postura de libertad: él no ha sido nombrado para ser árbitro o juez, pero aprovecha el momento como maestro de vida: "Cuídense de toda avaricia". Porque la avaricia es una idolatría, explicará más adelante San Pablo. 

Y sí, la injusticia es en realidad considerar las cosas más importantes que las personas, olvidar de hacer el bien con los bienes, separarse de los hermanos por causa del dinero, perder las perspectiva de lo importante de la vida entera, olvidar que somos administradores de los bienes que Dios nos encomendó y no dueños de los mismos.

Esta palabra nos ilumina también para esos pedidos que hacemos a Dios en cualquier momento donde esperamos que Él haga lo que nosotros queremos. Nos liberaría mucho pedir a Dios que, en vez de que haga que se produzca todo como nosotros lo planeamos y según nuestra conveniencia y valoración, nos haga ver lo que tenemos que ver, para que nos podamos unir a su plan, adherirnos a su proyecto, colaborar con su voluntad.

Él no es un juez que está para hacerme justicia, sino que es el único que me puede hacer justo, si respeto su soberanía sobre mí, si me dejo conducir y enseñar por Él. 

jueves, 15 de julio de 2010

Volveré a verte

Gn 18, 10: "Volveré a verte sin falta en el año entrante y para ese entonces, Sara habrá tenido un hijo".


Dios había visitado a Abraham en la figura de los tres hombres a quien el patriarca había hospedado con gentileza impecable. Y esa visita vino con el don de una promesa que se haría realidad. Abraham, el anciano, tendría un hijo de su esposa Sara, el hijo de la promesa, el hijo que lo haría padre de multitudes, padre del pueblo de Dios.
Esa visita se habría de repetir, estaba prometido. Y se irían produciendo los hechos que se habían vaticinado y prometido, haciendo realidad la palabra anunciada, haciendo que fuera lo que no era.


Dios sigue visitando hoy, a cada uno, como a Abraham, con delicadeza y esperando nuestra acogida. Jesús también visitó a Marta y a María, en Betania, y también fue acogido.
Dios nos sigue visitando en nuestras vidas, en nuestros anhelos más preciados, en nuestras situaciones de dolor, en nuestras esperas interminables, en nuestra cotidianidad cargada. 
Recibir a Dios, darle acogida, hacerlo pasar a nuestra casa, a nuestra realidad, es en primer lugar permitirle que forme parte de nuestro mundo, de nuestra historia. Pero en segundo lugar es darnos la posibilidad de dejarle intervenir, cayendo seguidamente en la cuenta de que Él nos está invitando a formar parte de Él, que todo nuestro mundo está en Él, y que nada se escapa de sus manos.
Él nos visita para quedarse, si queremos que se quede.
Nos visitará hasta que lo hagamos quedarse.
Nosotros también muchas veces sólo lo visitamos.
¿Cuándo nos animaremos a vivir en Él, con Él, y para Él?

jueves, 1 de julio de 2010

Lobos

Lc 10, 3: "Miren que yo los envío como ovejas en medio de lobos."


Ovejas que deben ir aunque encuentren lobos. 
Ovejas que deben ir hacia los lobos.
Ovejas que deben transformar los lobos en ovejas!
Pero algunos no querrán. Y aún sacudiendo el polvo de los pies para no llevarse de ellos nada pegado, habrá que anunciarles que pueden ser ovejas del Buen Pastor que está cerca tocando a sus puertas.


Hoy hay muchos lobos y con el crecimiento poblacional seguro que hay muchos más que entonces, y hay pocas ovejas, pocos obreros, pocos trabajadores del Reino.
No cesa de sonar esta Palabra, porque aún hay que hacerla realidad. Y nos tenemos que animar apoyándonos no en nosotros, ni en nuestras convicciones y capacidades, sino en la verdad del amor de Dios que vivimos convencidos y en la manifestación constante de su obra.
Pero los lobos están, y eso significa que hay que verlos, para saber esquivar sus mordidas, sus ataques, sin callar por miedo ni por debilidad. Los lobos no tienen la mentalidad de la oveja. No tienen piedad, por lo tanto no la busquemos en ellos. Hay que transformarlos en ovejas para pedirles cambios. Nos vendría bien, si alguna vez fuimos lobos, recordar cómo nos cambió el Señor en ovejas y cómo luego fuimos aceptando los cambios más profundos que diariamente nos exige.
No busquemos que los lobos sientan como las ovejas, no se manejan con los mismos criterios. Hay que hablarles en el lenguaje que ellos entiendan, que muchas veces nos exigirá a nosotros revisar el nuestro. Habrá que hablar con inteligencia, con firmeza, con la elocuencia que viene del Espíritu, y no con nuestras categorías, ni nuestros esquemas, sino con los de Dios. Habrá que volverse dóciles al Espíritu para que Él pueda obrar a través de nosotros.
Habrá que mirar al lobo a los ojos, y ver a la oveja que espera Dios que salga de su interior. Y amarlo con el amor de Dios, con la paciencia y la insistencia de Dios, con la firmeza y la verdad de Dios.

martes, 1 de junio de 2010

Dejarse amar por Dios

"... El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él." Jn 14, 21
 
Dejarse amar por alguien, por una persona, es aceptar ante todo que es alguien distinto a uno mismo, es aceptar que es otro.
No es alguien a quien yo imagino a mi gusto y porque es fruto de mi imaginación hará lo que mi imaginación quiera.
Ese suele ser, mas de una vez el motivo ruptura de noviazgos y matrimonios.
Aceptar que Dios me ame es aceptarlo a Él, aceptar su persona tal como se ha dado a conocer, no como me lo imagino, como Él es.
Y el modo en que se manifiesta es ante todo su Palabra que está en la Biblia, pero también se manifiesta en lo que sentimos como respuesta cuando oramos, en lo que la Iglesia nos dice por medio del Papa, los obispos y pastores.
Pero también Dios nos habla a través de personas concretas que buscan nuestro bien. Cuando somos pequeños son nuestros padres y hermanos, luego, los maestros cuando nos casamos nuestro cónyugue, en nuestro trabajo nuestros jefes, y en toda comunidad cristiana Dios también nos habla a través de los hermanos.
Esta mediación humana que usa Dios tiene en nuestro interior obstáculos.
Ante todo no solemos por orgullo dar autoridad a otra persona para que nos diga lo que vé mal en nosotros y nos corrija. Generalmente aunque nos damos cuenta de que tiene razón en lo que nos corrije, buscamos el modo de desautorizarlo por su humanidad, que es igual a la nuestra, sin querer ver que es el modo en que Dios nos muestra lo que tenemos que cambiar.
Y en lugar de crecer espiritualmente, damos vueltas y quedamos igual, y  muchas veces, y nos encaprichamos como niños chiquitos en actitudes que nos dañan o que dañan a otros. Y esto se vuelve un circulo cerrado del que no salimos.
El modo de escapar de ese callejón sin salida en que nos metemos, es aceptar esa ayuda de personas humanas que Dios nos envía, pedir y aceptar esa ayuda y obedecer lo que Dios nos pide.
Es nuestra voluntad y decisión lo que nos hará corregirnos y avanzar.
Y cuando nos corrijamos y avancemos nos daremos cuenta que el amor de Dios que hemos aceptado nos ha dado felicidad.
Cada uno tiene su propia experiencia de dejarse amar por Dios los invito a que la compartan para que nos edifiquemos mutuamente.

sábado, 29 de mayo de 2010

En paz con Dios

“Justificados por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (Rm 5, 1)

Estamos en paz con Dios no sólo porque Jesucristo, nuestro Señor, está mediando entre Dios y nosotros, ni sólo porque creemos en el amor de Dios y de Jesucristo, ni sólo porque tenemos fe en el perdón de Dios.
La experiencia de la paz con Dios es un don y una aceptación. Don de Dios, sin duda. Aceptación humana, sin duda, no sólo de la paz, sino de lo que consiguió la paz, que es la muerte del Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo el Señor. Aceptación de la vida nueva que nos dio, al derramar su Espíritu sobre nosotros. Aceptación de la nueva capacidad humana, por haber sido hechos nuevas creaturas, de llevar una vida santa; capacidad dada por el Espíritu que nos transforma interiormente, que nos renueva, que nos impulsa según el querer de Dios, capacidad de amar de modo nuevo a nosotros mismos, a los hermanos y a Dios.
La vida nueva del hombre es pura gracia. Aceptarla en fe nos hace justos, porque al aceptarla en fe nos adherimos a Dios que quiere obrar en nosotros y lo dejamos obrar. Por eso, la fe verdadera se vuelve obediencia, y la obediencia acata toda la ley de Dios que indica la forma de vivir de sus hijos.

lunes, 10 de mayo de 2010

Ascensión y alabanza

"Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios." (Lc 24, 50-53) 
 
El camino de Jerusalén a Betania es corto, y el paseo debe haber sido bien apacible con la presencia de Jesús infundiéndoles tanta paz y tanta seguridad...
Y el Señor levanta sus brazos, extiende las manos sobre ellos y los bendice, luego es separado de ellos y llevado al cielo.
Pero a ellos les queda la alegría y el gozo que los lleva a ir al templo a alabar.

Ese gesto de Jesús se prolonga siempre, somos siempre bendecidos. El permanecer en el gozo es nuestro, es fruto de permanecer en la alabanza en el templo, con los hermanos.
Si la alabanza se corta es porque se corta nuestra memoria de sus bendiciones. Y aunque la vida a veces es dura y nos golpea fuerte, los beneficios que Dios siempre ha hecho y hace por nosotros son motivo suficiente para alabar sin cesar.

Cuando la tristeza nos ha arrebatado la alabanza, alabar a pesar de estar tristes devuelve la alegría.

El Señor se fue de nuestras manos, pero no se alejó.
Se separó porque su condición ahora es la de estar junto al Padre en su gloria, pero su gloria queda entre nosotros en la asamblea que celebra su presencia sacramental, en la Iglesia que vive la caridad con una fortaleza madura y constante, la que acompaña al hombre para ayudarlo a ser libre y a vivir dignamente como ser humano y feliz como hijo de Dios responsable y adulto en la fe. 
El Señor fue llevado al cielo, pero no interrumpió su comunión con nosotros.
Fue a la presencia del Padre, pero para interceder por nosotros.
Vendrá de la misma manera que lo han visto partir, suavemente, pero en su gloria, en la paz para los que creen y lo esperan, porque Él dijo "No se inquieten ni teman".
No cabe quedarnos mirando al cielo...
Hay que buscar al hombre y hacer nuestra misión.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Templo

"No vi ningún templo en la Ciudad, porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero. Y la Ciudad no necesita la luz del sol ni de la luna, ya que la gloria de Dios la ilumina, y su lámpara es el Cordero." (Apoc 21, 22-23)

Mientras no estemos en esa Ciudad, la Jerusalén celestial, necesitaremos templos. No porque Dios necesite templo para estar, sino porque nosotros necesitamos signos para comprender y vivenciar lo que nuestra pequeña mente no alcanza a captar.
Dios siempre ha sido un gran pedagogo, un gran maestro, un gran educador de los hombres, de su pueblo, de los que invitó a ser hijos. Y para dar a conocer su amor paternal y maternal dio al hombre la familia, el ser familia, el necesitar de la familia que lo acoja y lo reciba y lo acompañe a crecer en todos los órdenes.
La familia necesita su casa. Una casa sin familia está vacía. La casa con familia se vuelve hogar. El templo es la casa de la familia creyente que se congrega, que se reúne, junto a la Santísima Trinidad, Padre de todos. Mientras peregrinamos en esta tierra, en nuestro tiempo antes de la venida gloriosa de Jesús, el templo nos es una referencia fuerte, un lugar donde Dios se da significativamente, donde el creyente se sabe acogido de un modo especial, en un ámbito especial, no por el lugar en sí, sino por la significación de ese lugar.
Nadie niega que Dios está en todas partes, pero así como la familia tiene su lugar propio, su ámbito de contención, de libertad sin invasores, como es su hogar, la familia creyente tiene en el templo su lugar donde Dios, libremente, sin invasiones que confundan, da su gracia y su contención al que viene a su encuentro.
El problema que tienen los que quieren negar la necesidad del templo es que les resulta difícil aceptar la gente que se reúne en el templo. Hay que madurar para aceptar la familia tal como es.
Cuando estemos en la Ciudad, la Jerusalén celeste, estaremos envueltos por el mismo Dios y nuestra relación con Él no será con mediaciones, con signos, porque lo veremos tal cual es, y por eso no necesitaremos de ninguna otra lámpara, de ningún templo.
Llévenos el Señor a su encuentro, y desde ahora sepamos aprovechar nosotros su presencia en los signos y lugares privilegiados por su pueblo.

martes, 20 de abril de 2010

Escuchar la voz

"Mis ovejas escuchan mi voz" (Jn 10, 27)
La voz del Señor Jesús, hoy resucitado, suena donde está el Espíritu y la Iglesia. 
Él dijo que el Paráclito (el abogado y consolador) "que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí" (Jn 15,26). 
Y agrega algo muy interesante en el versículo siguiente: "Ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio" (Jn 15,27).
Ahí está la voz del Señor Jesús, en la Iglesia donde el Espíritu Santo está y se manifiesta porque la gente comprende y celebra la verdad de Jesús, el Salvador; la verdad de la Santísima Trinidad (el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios verdadero); la verdad de la condición humana (pecadores redimidos por Cristo y hechos nuevas creaturas por el Espíritu); la verdad de la Iglesia (Pueblo de Dios y Cuerpo místico de Cristo) que es una, santa, católica y apostólica; la verdad sobre la relación de amor que une a todos los creyentes, vivos y muertos, entre los aún peregrinos en la tierra y los glorificados en el cielo; la verdad sobre el perdón de los pecados (que verdaderamente hay perdón de los pecados, rescate del pecador, transformación del pecador en santo); la verdad sobre la resurrección de los muertos (porque seremos transformados y glorificados por el Espíritu Santo); y la verdad sobre la vida eterna (vida plena y eterna, para glorificar a Dios por siempre en la comunión plena con Él).
Cada oveja puede escuchar la voz del Buen Pastor Jesús aquí. Ojalá le prestemos atención tal como Él se lo merece. Y habiéndolo escuchado le sigamos verdaderamente. Porque el pertenecer a la Iglesia es un don, y en ella porque está unida siempre a la primera comunidad de los apóstoles, y transmite fielmente la verdad revelada, hallamos la verdad completa para salvarnos.

lunes, 5 de abril de 2010

Apóstoles resucitados

Hch 5, 12: "Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en el pueblo."

¿Son acaso los signos y prodigios de los apóstoles signos de Jesús resucitado?
Si son los apóstoles considerados como superhombres o una especie de
hombres divinizados, hombres-dioses, o algo así, se oscurece la
realidad de la resurrección.
La resurrección de Jesús es algo tan nuevo, que sobrepasa hasta los
prodigios que podamos imaginar. Porque la resurrección abre la nueva
creación, la creación definitiva, es el signo de la nueva creación, es
la obra maestra del trabajo del Padre.
Los prodigios son de este mundo y la resurrección es del nuevo mundo.
Hay que hacer el camino desde este mundo hasta el otro, desde nuestro
estilo de vida al estilo de vida de los resucitados.
Este camino es en fe para nosotros. Significa que es en adhesión a
Dios porque Dios es Dios y hace nueva las cosas. Es en adhesión a Dios
obedeciéndole, pero sin ver nada, sólo creyendo lo que nos anunciaron
los apóstoles: que Jesús ha resucitado. Al aceptar la resurrección se
acepta que Dios tiene la última palabra, tiene la victoria sobre todas
las luchas, tiene el poder sobre el mal, sobre el pecado y sobre la
muerte. Esa victoria y ese poder se muestran en los signos del Señor
vivo, en los prodigios que asombran y abren la mente para acrecentar
el creer en el Señor resucitado.
La obediencia de los apóstoles al Espíritu Santo es el mayor signo de
la vida nueva de los hijos de Dios redimidos por Cristo, opuesta a la
desobediencia de Adán y Eva y de toda la humanidad.
Los signos y prodigios de los apóstoles señalan al pueblo a quién hay
que obedecer. Y hasta que no lo hagan no vivirán camino a la
resurrección. Si pretenden sacarle a Dios favores para vivir en este
mundo con menos problemas pero sin querer su voluntad sobre todo,
siguen muertos.

viernes, 19 de marzo de 2010

Algo nuevo

Is 43, 18-19:   "No se acuerden de las cosas pasadas, no piensen en las cosas antiguas; yo estoy por hacer algo nuevo: ya está germinando, ¿no se dan cuenta? Sí, pondré un camino en el desierto y ríos en la estepa." 


Algo nuevo anuncia Dios, y con Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, lo nuevo se hizo realidad.
¿Quién se habría imaginado que Dios se iba a hacer hombre? Nadie.
¿Quién de nosotros en la actualidad alcanza a dimensionar que Dios se ha hecho hombre y que eso tiene enormes consecuencias?
Dios se hizo hombre, sin dejar de ser Dios, y es como un camino en el desierto, como un río en la estepa, porque nosotros, los hombres, somos los que estamos en el desierto y somos el desierto, somos la estepa, y Él se ha acercado a nosotros para decirnos que Él nos ama, nos asume, nos defiende, nos atiende, nos perdona, nos transforma, nos rescata, nos acompaña, nos sana, hace nuevas todas las cosas.
Ese Dios encarnado también nos pide que nos encarnemos en nuestra ayuda a los demás, para que mientras nos elevamos hacia Dios, al mismo tiempo ayudemos a los demás para que se eleven a Dios, pero sin perder la encarnación. Es decir, al ayudar a los demás no hay que volar, sino bajar a donde están, poner los pies en la tierra, acercarse al dolor del otro, asumirlo como hermano, para rescatarlo de sus pecados y de los pecados que los demás o nosotros cometemos contra ellos, con una inmensa compasión por el que sufre y un inmenso amor por el que hace sufrir. 
Y eso es nuevo, porque la actitud humana más frecuente frente al dolor es la venganza, enmascarada muchas veces bajo el grito de "¡Justicia!". 
Y nuevo es también el modo del compromiso, porque el enemigo no es el pecador sino el pecado.
Nuevo también es el grado de paciencia y de humildad, porque lleva a sacrificarse por el otro, en la fidelidad del anuncio, fidelidad a Dios, al hombre, y a la verdad que hace libre.
Nueva es la madurez que pide en la relación con Dios, entrega sin edulcorantes, obediencia sin cuestionamientos, espera sin reclamos, confianza sin pruebas, adhesión sin escapar a la cruz.
Su amor se propagará por quienes se sumen.

martes, 9 de marzo de 2010

La Iglesia es de pecadores, y para los pecadores.

"Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos»." (Lc 15, 1-2)

La Iglesia es de los pecadores que se acercaron a Jesús para escucharlo. La Iglesia es para los pecadores porque Jesús quiere atraerlos a todos a su mesa, por eso él primero se acerca a nuestras mesas, comparte nuestra vida.
Lo imperdonable para nosotros los creyentes es hacer lo contrario a lo de Cristo: alejarnos de la vida de los otros, no verlos, no amarlos, no comprenderlos, no ayudarlos, no atraerlos hacia el Señor a quien hemos escuchado.
¡Cuántas expresiones nuestras deben ser corregidas! ¡Cuántos gestos nuestros debemos cambiar! Porque tantas veces hemos escuchado el dolor de la gente que cuenta que tal o cual los hizo sentir despreciables, echados, basureados, por abusos de los que nos decimos creyentes...
El mensaje de Jesús no es un mensaje de "Todo vale", "Está todo bien", como justificando los pecados. Por el contrario, lo dijo bien clarito: "En adelante no peques más" (Jn 8, 11). Pero nos amó hasta el extremo a todos los pecadores. Decirle, por tanto a alguien, que está pecando, las cosas de tal manera que entienda que el pecar le hace mal (y nos hace mal), para salvarlo, no es faltarle el respeto, sino por el contrario, un enorme gesto de amor, y más si no es simpático el hacerlo.
Se equivoca tanto el que destruye al pecador, como el que lo justifica. La misericordia no es ingenuidad, ni debilidad, ni ceguera. La misericordia otorga una nueva oportunidad después de denunciar lo que está mal.
En ejercer la misericordia la Iglesia va haciéndose santa, los creyentes nos vamos santificando.

miércoles, 3 de marzo de 2010

FRUTOS


Lc 13, 1-9: En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. El les respondió:
«¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera».
Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?”
Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás.”»
Jesús nos dice que podemos vivir y morir sin haber dado frutos, por eso advierte que la muerte puede venir sin darnos oportunidad de convertir nuestra vida para que sea como el evangelio nos enseña. ¿Y de qué nos va a servir haber vivido si perdemos la Vida?
¿Y qué frutos estará esperando nuestro Señor hallar en nuestra higuera, es decir, en nosotros? ¿qué acciones y qué actitudes espera encontrar? En esta cuaresma nos está removiendo la tierra y nos está dando su fuerza vital por su Espíritu en la Iglesia para que comprendamos qué tenemos que cambiar en nosotros.